EKIN Abokatuak

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¡es el pollo de mis hijos!

Esta mañana he tenido que pasar por el Juzgado para consultar la documentación de un expediente penal, y en la entrada me he enfrentado una vez más al trámite de tener que pasar por el detector de metales, hecho que por un lado supone un agravio comparativo respecto de los procuradores (éstos no deben someterse al control porque tienen pase VIP, nadie sospecha de ellos que puedan estar introduciendo explosivos, chicles con azúcar o cigarrillos en las instalaciones), y por otro lado es una discreta pero inagotable fuente de curiosas vivencias.

Justo delante de mí entra una señora afanosa, de unos cuarentaytantos, que antes de hacer lo que tenga que hacer en el Juzgado, ha aprovechado para hacer la compra, y lleva una bolsa más o menos voluminosa. Deposita el bolso en la cinta transportadora de la máquina de rayos X, y se dispone a franquear el arco detector de metales con la bolsa de la compra a cuestas. El agente de seguridad, amable como de costumbre, le corrige:

AS – No, señora, la bolsa también debe ir en la cinta transpotadora.

Lo que desconcierta a la señora afanosa, y replica:

SA – ¿Ahí, en la cinta? ¿Seguro?

AS – Sí, seguro, la bolsa debe ir en la cinta.

SA – Pero es que… ¡aquí llevo el pollo de mis hijos! ¿Le ocurrirá algo si lo paso por ahí?

AS – No lo sé, señora, usted verá.

SA – Ay… pero es que es el pollo de mis hijos… mira, hacemos una cosa, yo te lo dejo aquí, y a la salida lo recojo.

AS – Lo siento, señora, esto no es una consigna.

SA – Pero es que es el pollo de mis hijos…

AS – Cuando uno viene al Juzgado ya sabe a lo que viene. Si quiere entrar, debe pasarlo por la cinta, y si no, pues llévelo usted a donde sea.

SA – Ay, pero cómo voy a pasar por ahí el pollo de mis hijos… mira, mejor me voy, y vuelvo luego.

AS – Como usted vea, señora.

La señora afanosa ha cogido la bolsa de la compra, ha agarrado el bolso, y se ha ido por donde ha venido, llevándose a salvo el pollo de sus hijos. El compañero del agente de seguridad que escudriña desde una habitación contigua la pantalla de la máquina de rayos X a la búsqueda de chicles y cigarrillos ha salido, desconcertado, y ha preguntado:

AS2 – ¿Qué le pasa a esa señora?

AS1 – Nada, que no quería pasar el pollo de sus hijos por la cinta.

AS2 – ¿¿…??

Al rato de irse, mientras esperaba a la procuradora junto al mostrador del Juzgado de Instrucción nº 2, me he dado cuenta de que yo mismo he pasado alimentos por la cinta más de una vez, ya que me suelo traer de casa el tuper para almorzar en el despacho, y muchas veces paso por el Juzgado de camino. Debí decirle a la buena señora que yo he comido alimentos pasados por rayos X más de una vez, y hasta ahora ni he notado nada raro en el sabor, ni me ha salido un tercer brazo. Eso sí, no sabría decirle si alguna vez hubo pollo.

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